CCM Quito

Esp.

El sábado 23 de mayo de 2026, Pamela Corrales presentó el método 0.3: cero infinito de su investigación artítica “cero”, un proyecto que reflexiona sobre los significados filosóficos del cero, desde culturas ancestrales no europeas hasta su presencia en la actualidad. La jornada contó con la participación de Humberto Montero, curador, y Patricia Rodríguez, restauradora del Centro Cultural Metropolitano. La muestra se extendió por pedido del público hasta el 31 de mayo. 

Eng.

On Saturday, May 23, 2026, Pamela Corrales presented Method 0.3: Infinite Zero from her artistic research project Zero, a body of work that reflects on the philosophical meanings of zero, from non-European ancestral cultures to its presence today. The event featured the participation of curator Humberto Montero and Patricia Rodríguez, conservator at the Centro Cultural Metropolitano. At the public’s request, the exhibition was extended through May 31.

CERO: ARCHIVO DEL VACÍO

Método 0.3. Cero infinito es una muestra del maximalismo fotográfico y del minimalismo conceptual de Pamela Corrales: una gran instalación de 3060 fotografías —9 x 9 cm cada una— de pirurukuna —torteras o fusayolas— pertenecientes a culturas precolombinas del Ecuador.

      Cada imagen mantiene un principio de registro uniforme: objetos de barro, de estructura circular y con un agujero central, diferenciados por tamaño, desgaste e incisiones iconográficas particulares. Todos los objetos están fotografiados de frente, sobre fondo sinfín y reducidos al blanco y negro: una decisión técnica que desplaza la lectura hacia la atemporalidad y la ancestralidad, y otorga a la instalación una monumentalidad fría de escala mural.

      La iluminación mantiene una luz lateral ubicada en el ángulo superior derecho, que proyecta una sombra fija hacia la izquierda, cuya presencia define el volumen de cada objeto dentro de un nuevo contexto expositivo: el de una megahoja de contacto fotográfico sobre fondo negro, sistematizada por la cuadrícula que surge del espacio negativo entre las unidades fotográficas.

          El principio de la artista es estructural: un sistema serial con derivaciones conceptuales. 

         Pamela crea una gran malla uniforme a partir de un montaje objetivo y conceptual, donde cada pieza integra una cartografía territorial con pertenencia ancestral y presente distópico. 

         En esta malla cartográfica, las figuras y la no-figuración se balancean en el vacío, proyectado como tensión entre el espacio interno de cada fotografía y el espacio negativo externo de la cuadrícula negra. Así surge la presencia conceptual del cero como ambivalencia entre lo que existe dentro de un sistema y aquello que parecería existir más allá de él. El principio es formal y especulativo: el cero como estado presente y ausente a la vez.

         La instalación propone una dinámica del cero mediante la serialización que lo desplaza de forma a concepto. Esta dinámica rebasa la física del objeto y se reordena, en el entorno expositivo, desde su valor icónico mínimo hasta su cifra simbólica de máxima abstracción.

         Cada pieza fotografiada es un objeto numerado de archivo —corpus arqueológico de la Reserva Cultural Mena Caamaño— y en esta obra se convierte en una sobreviviente ontológica, con su cifra de identidad, contextualizada en un cárdex arqueológico-museográfico y, al mismo tiempo, descontextualizada de su origen precolombino. 

          He ahí los dos tiempos que confluyen en la obra: presente y pasado. 

      Pamela individualiza cada pieza en su singularidad mínima y la «desindividualiza» en el conjunto espaciotemporal, casi estadístico. De ello surge una estética documental donde la iluminación neutra, la frontalidad y la catalogación repetitiva vinculan el registro fotográfico con una estética forense, con una sensibilidad de arte de archivo (Archival Art) atravesada por el vacío, la ontología de la serie y el cero como operador estructural.

          La obra recuerda los registros de seres numerados en campos de concentración, donde la identidad queda reducida a dato estadístico, cifra, matrícula o entrada contable. La instalación adquiere así la condición de un memorial de archivo, donde el objeto arqueológico y el sujeto ancestral convergen en una misma lógica de deshumanización archivística. 

         La serialización desplaza al individuo hacia la cifra. De ello surge el balance conceptual entre ruido y silencio, simbolizado en el cero liminal, que produce un eco donde resuena la deshumanización del individuo reducido a dato —la deshumanización del objeto ancestral reducido a cuenta expositiva, expresión de la violencia museográfica del archivo—.

       Toda esta «megahoja de contacto fotográfico» —de 10 metros de largo por 3 metros de alto— proyecta en el piso un continuo multimedia que refleja el objeto como totalidad, con su propia imagen especular como una sola sombra de conjunto que expande la instalación hacia una tridimensionalidad aparente, aunque su principio objetivo siga siendo bidimensional. 

      Se crea así un objeto de intervención espacial que los espectadores pueden recorrer como parte de un territorio idealizado con el rescoldo de un sitio arqueológico, en tanto objeto, y la resonancia de un espacio metafísico, en tanto sujeto de abstracción. La obra se convierte en un espacio abierto a la implicación conceptual del espectador. 

       En Método 0.3. Cero infinito, el principio del silencio se alegoriza «en negativo», desde el umbral del sonido latente —inscrito en el orificio de cada pieza precolombina—, hasta la proyección multimedia sobre el piso; desde cada voz suspendida hasta la resonancia de una sola voz común: la del silencio mismo.

       En esta proporción, el cero se erige como cifra absoluta, no solo como significante circular proyectado en eco, sino como contraste entre la completitud maximalista de la obra —inabarcable— y la reducción minimalista del vacío: un umbral de ausencia capaz de reorganizar toda la composición.

Humberto Montero, mayo de 2026

Cero infinito

Un cajón. Más de tres mil piezas de barro cocido, pequeñas como semillas. Nadie sabe con certeza para qué sirvieron.

Esa incertidumbre es la obra.

Al no poder ser leídas desde un código establecido, las fusayolas quedan abiertas: signos sin gramática, huecos que esperan sentido.

Fue al acercarse al cero —al dividir la unidad entre lo cada vez más pequeño— que la matemática encontró lo incontenible. El infinito no estaba en las alturas: emergió de lo diminuto.

Este mural repite ese gesto tres mil veces. Lo que cabe en un cajón de la Reserva Mena Caamaño se convierte en cosmos. Y el acto de contar, que parecía suficiente, se revela insuficiente ante lo que se expande.

El infinito no es una la suma continua. Es el vértigo que aparece cuando lo pequeño se multiplica hasta volverse inabarcable.

Pamela Corrales